R
|
icardo se
encontraba leyendo un libro en su habitación, cuando alguien tocó su puerta,
Ricardo abrió pero no vio a nadie, miró el reloj y eran las 8pm, y se suponía
que todos debían estar en sus habitaciones.
– ¿Quien tocaría
la puerta? – se preguntaba
Cuando cerró la puerta vio que en su
habitación había una sombra que se movía, era algún monje con capucha, Ricardo
palideció y quedó inmóvil por un momento, al cabo de un rato reaccionó al
reconocer la figura frente a él.
– Hermana Rita,
¿es Ud.? Que susto me dio – dijo Ricardo.
– Disculpe hijo,
pero nadie debe verme aquí – respondió la hna. Rita
– claro, por las
reglas, por cierto ¿a que se debe que después de las 8, nadie puede estar
afuera?
– No querrás
saberlo joven, limítate a obedecerlas.
– Como diga, y ¿a
que debo el honor de su visita?
– Escúcheme bien
hijo, sé que eres muy cercano al Padre Vicente, pero debes saber que él no es
exactamente lo que todos creen.
– explíquese mejor
hermana que me está asustando.
– No puedo
contártelo, solo sé que puedes correr peligro si sigues en este convento, es
mejor que vuelvas a tu casa en el pueblo.
– ¿Me está
amenazando?
– No sea tonto
joven Ricardo, le digo que existen cosas misteriosas que ocurren aquí, y que
pueden ser muy peligrosas.
– ¿y que tiene que
ver el Padre Vicente? ¿Qué tiene que ver conmigo?
Un extraño sonido interrumpió su
conversación, se escuchaba como un llanto melodioso, como si alguien cantara y
llorara al mismo tiempo de la forma más deprimente y aterradora posible.
– Debo irme ya –
resaltó la hna. Rita.
– espere, aun no
me ha dicho por qué… – Ricardo no pudo terminar la frase ya que la hna. Rita se
perdía en la oscuridad.
– Que monja tan
extraña – pensó – ¿para que me dijo todo eso?
El extraño llanto melodioso se volvió a
escuchar a lo lejos. Ricardo siguió leyendo el libro, pero ya no podía
concentrarse, sus pensamientos lo invadían mientras su mirada estaba en el
infinito.
Al otro día, luego de las acostumbradas
meditaciones, Ricardo y Samanta estaban en el comedor desayunando con los
demás.
– ¿Escuchaste un
sonido extraño anoche? – le preguntó Samanta.
– Si, de hecho fue
cuando… – Ricardo se interrumpió a si mismo, no podía contar lo ocurrido, podía
traerle problemas a él y a la Hna. Rita.
– ¿Cuándo que?
– fue cuando
estaba leyendo un libro de San Agustín.
– ¿San Agustín?,
¿escribió un libro?
– desde luego,
escribió varios, uno de ellos se titula “Los secretos del alma”
– ¿y de que se
trata? – preguntó ansiosa Samanta.
– es de los
distintos puntos de vista de la conducta humana, el carácter, la personalidad,
etc.
– se ve
interesante, cuando lo termines me lo prestas.
– Por supuesto,
Mira, ahí viene Adrián – dijo Ricardo mientras le hacía señas a Adrián para que
se sentara en su mesa.
Adrián tomó su comida y se sentó en otra
mesa.
– ¿Qué le ocurre a
Adrián? – se dijo él.
Después del desayuno, Ricardo se le acerca a
Adrián.
– ¿Qué pasa amigo?
¿por qué me esquivas? ¿hice algo malo?
– No voy a
mentirte – respondió Adrián – pero escuché anoche un sonido inquietante, como
un sollozo…
– Si, yo también,
¿Qué extraño verdad?
– …déjame
terminar.
– Lo siento,
continúa.
– Te decía que oí
ese sollozo y me asomé por la rendija de la puerta, sabes que mi cuarto está al
otro lado de la plaza justo en frente de la tuya, y sabes también que no
podemos salir a esa hora, pero para mi sorpresa, veo a alguien, una monja tal
vez, saliendo de tu habitación, realmente no me interesa quien sea, pero ¿por
qué salía clandestinamente de tu cuarto? Y ¿por qué en una hora prohibida?
¿sabes que pueden expulsarte si se enteran?
– Lo sé Adrián,
pero déjame explicarte, no es lo que tu crees, era la Hna. Rita, vino a decirme
algo que no te lo vas a creer, es medio absurdo, se trata del Padre Vicente…
En eso un grito detuvo su conversación, era
un grito aterrador, alguien estaba en peligro, los dos jóvenes corrieron hacia
donde provenía el grito, era una de las habitaciones de las monjas, la Hna.
Concepción salía gritando a todo pulmón. La Madre Superiora llegó de inmediato.
– ¿Qué ocurre Hna.
Concepción?
– Allí, ¡allí
dentro!... la hermana Rita… pobre Hna. Rita.
Samanta y otras personas mas llegaron,
Ricardo la miraba igual de confundido como los demás, cuando entraron a la
habitación, no podían creer lo que sus ojos veían. La Hna. Rita yacía colgada
del techo con una soga en el cuello, su pálido rostro denotaba que llevaba un
rato muerta.
Ricardo salió de la habitación mareado,
Adrián no pudo evitar vomitar, Samanta respiraba profundamente. Los tres lucían
realmente perturbados.
– No puedo creerlo
– mencionó Ricardo
– Es increíble –
dijo Samanta – pensar que una monja se haya suicidado, ¿acaso eso no va en
contra de sus creencias? ¿no se considera pecado mortal?
– ¿tu crees que se
suicidó? – preguntó Adrián.
– hay una silla
tirada debajo de ella ¿cierto?
– Si, me pareció
ver una.
Samanta se levantó y regresó al cuarto donde
estaba el cadáver, pero ya estaba cerrado con llave, la Madre Superiora había
ordenado cerrarlo hasta que la policía llegara. Sin embargo, eso no impidió a
que se asomara por la rendija de la puerta (todas tenían una) y si,
efectivamente había una silla tirada junto al cadáver colgante, pero había algo
mas junto a ella, algo rojo, Samanta abrió mas la rendija para detallarlo y vio
que era una manzana, una manzana roja estaba junto al silla cerca del cadáver.
Samanta comenzó a preocuparse por todo el asunto de la misteriosa manzana de
aquel desconocido que le dio el aventón.
– Es por la
maldición – dijo repentinamente una chica junto a ella.
Samanta brincó del susto, y aun con el
corazón latiendo a mil por hora preguntó:
– ¿Cuál maldición?
¿de que hablas?
– De la Leyenda, la hermana
Rita murió por la maldición de la leyenda – afirmó la extraña chica.
No hay comentarios:
Publicar un comentario